Semblanzas

 
Guy de Maupassant
 
Giovanni Verga
 

Semblanzas

EL NATURALISMO

Por Andrea Delfini

 

Para la estética realista la obra de arte debe ser impersonal e imparcial. Un novelista no debe tener interés personal en su narración. Allí, se inserta el movimiento naturalista y dos de sus autores más destacados: Giovanni Verga y Guy de Maupassant


Para la estética realista la obra de arte debe ser impersonal. Al igual que un juez no debe comprometerse con el proceso y debe ser imparcial, un novelista no debe tener ningún interés personal en el trozo de realidad que es objeto de su narración. La obra de arte debe ser impersonal.

En relación con la problemática realista debe insertarse el movimiento naturalista. Para ello, resulta necesario echar un vistazo a un mundo en que la ciencia se había convertido en nuevo ídolo y en el que todo conocimiento parecía estar supeditado a su comprobación y medición en los laboratorios. El filósofo francés Claude Bernard, en su “Introducción a la medicina experimental” (1865), establecía que el observador comprobaba los fenómenos que se presentaban ante sus sentidos mientras que el experimentador interpretaba lo observado, establecía hipótesis y mediante una serie de pruebas verificaba si eran ciertas. El método, derivado de las ciencias físicas, habría de ser aplicado a ciencias que siempre se habían basado en autoridades librescas e intuiciones personales: la sociología, la historia, la medicina y finalmente las artes. La medicina, que había dominado ya ciertas afecciones del sistema nervioso, parecía tener abierto el camino para el conocimiento de la psique humana; el crítico y sociólogo francés Hipólito Taine presentaba a la psicología como un capítulo de la fisiología y desarrollaba su teoría de la raza, el medio y el momento en libros como “Historia de la literatura inglesa” (1865); Prosper Lucas en su “Tratado de la herencia natural” (1850), mostraba cómo la herencia  determinaba anomalías psíquicas de diverso orden. Todo esto, más el auge del sindicalismo y del socialismo, la guerra franco – prusiana de 1870 que marca la caída del Segundo Imperio y el establecimiento de la Nueva República, con el intermedio de la expresión proletaria que constituyó la Comuna de París, habrían de ensanchar el camino necesario del realismo hacia el naturalismo en el campo novelístico.

La obra de Zola es sin duda, la expresión máxima del movimiento naturalista. En esta oportunidad, nos remitiremos a dos autores, herederos de dicha estética y cuya obra vale la pena de tener presente.

 

Guy de Maupassant (Henri- René- Albert) nació en el castillo de Miromesnil, cerca de Dieppe, el 5 de agosto de 1850. Por su padre descendía de una familia lorenesa instalada en Normandía en el siglo XIX, a la que María Teresa de Austria había ennoblecido. Por su madre, Laure de Poittevin, que lo orientó particularmente en la lectura de Shakespeare, descendía de una familia de origen normando. La infancia de Guy fue una fuente de ricas vivencias: la vida campesina y costera en contacto con pescadores, el aprendizaje del patois y las primeras lecturas guiadas por su madre y el abad Aubourg, vicario de Etretat, marcaron al futuro escritor. Su madre tenía la intención de que tomara los hábitos, pero esos deseos no fueron cumplidos por  el autor. Se trasladó  a Rouen para estudiar el bachillerato y luego inició, por intermedio de Louis Boulhet, la amistad con Flaubert.

Luego de una interrumpida carrera de derecho, su alistamiento en la infantería durante la guerra franco – prusiana, en 1871 inicia un aprendizaje en el trabajo de la administración pública. Esos años de experiencia oficinista, le dieron una sólida práctica en la vida burocrática, que incorpora, a través de la sátira en el desarrollo de algunos personajes.

Se inicia en la práctica de la escritura dentro de la estética realista. , aunque es lícito afirmar que en su producción narrativa existe ya un germen de superación de las limitaciones de la tendencia naturalista.

“Bola de sebo”, incluida en “Las veladas de Médan” es una nouvelle que lo distingue de sus contemporáneos. En ella presenta a un grupo de burgueses que huyen en un carruaje de los avances de las tropas prusianas. Entre los comerciantes, las honestas madres de familia y un par de hermanas de caridad que integran el pasaje, “Bola de sebo”, una prostituta que también viaja en el carruaje, da la nota discordante. Curiosamente, la progresión del relato permite ver la degradación y mezquindad de los personajes “honrados” que representan la burguesía, y la resuelta y generosa actitud de “Bola de sebo”, cuya final entrega a un oficial alemán permite la salvación de los viajeros. El tono, las vigorosas descripciones psicológicas y la consideración detenida de la vida de los sentidos, que caracterizan a esta nouvelle, pasarán a ser rasgos típicos de la posterior producción de Maupassant, y bastarán para diferenciarlo de otros escritores de su época.

Luego de la muerte de Flaubert, Maupassant entra en un periodo complicado de su vida. Su miedo a la soledad, su angustia ante el futuro y ante todo lo que lo rodea, lo llevan a escribir acerca de esos horrores (“La mano disecada”, “Aguas del río”), pertenecen a esta época problemática. Maupassant se detuvo en la observación del miedo y en el estudio o desarrollo que de él hicieron otros escritores. Con respecto a esta temática, se halla más cercano a Turguéniev que a Poe o Hoffmann, ya que no incursiona en lo sobrenatural sino en aquello que por indeciso y conturbador provoca el miedo.

Una enfermedad en los ojos que le provocaba fuertes neuralgias no le impidió sin embargo escribir doscientos sesenta cuentos, siete novelas, prólogos, estudios literarios y artículos sobre Emile Zola y Turguéniev.

Su narrativa se fue sustenta a lo largo de su obra, con la formación que en principio  tuvo junto al poeta  Louis Bouilhet y a la influencia de Flaubert, más tarde. En su prólogo a “Pedro y Juan” (novela del 1888) Maupassant evoca las palabras de Flaubert: “En todo hay siempre algo inexplorado, porque estamos acostumbrados a no servirnos de nuestros ojos más que con el recuerdo de lo que ya han pensado antecesores nuestros sobre lo que ahora contemplamos. La menor cosa contiene algo de desconocido. Hallémoslo. Para describir un fuego que llamea y ese árbol  en una llanura, permanezcamos frente al fuego y ese árbol hasta que no se parezcan ya, para nosotros, a ningún otro árbol o a ningún otro fuego.”

Al autor se le plantea un problema en el orden de la escritura, relacionado con la estética en su encuadre histórico. Por un lado, reclama para el escritor el hallazgo de cierta originalidad. Al mismo tiempo piensa en el escritor como un ilusionista que puede transformar las cosas que ve, ya que la realidad – a pesar de su formación realista – es imposible de atrapar: “¡Qué puerilidad creer en la realidad, ya que cada uno de nosotros llevamos la nuestra en nuestros pensamientos y en nuestros órganos! Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato y nuestro gusto diferentes crean tantas verdades como hombres hay sobre la tierra”.

Este desdén por la unanimidad de percepciones es lo que hace que Maupassant sea, desde el punto de vista estético, no un heredero de la lógica francesa realista, sino más bien una voz única que lo ubica, desde su originalidad, como el mayor cuentista francés del siglo XIX.

Obras:

  • Las veladas de Médan (1880)

  • La Casa Tellier (1881)

  • La señorita Fifí (1882)

  • Una vida (1883)

  • Claro de luna (1884)

  • Las hermanas Randoli (1884)

  • Miss Harriet (1884)

  • Buen amigo (1885)

  • Cuentos del día y de la noche ((1885)

  • Juan y Pedro (1888)

Entre otras          

           

Giovanni Verga, escritor siciliano, considerado el maestro del verismo, nació en Catania el 2 de septiembre de 1840.

Para situarnos en el contexto de vida del autor y comprender el universo social que refleja en su obra, hacemos referencia a la situación de Italia por ese entonces. Luego de las guerras de independencia italiana, en 1860 Garibaldi desembarca en Marsala e inicia la conquista del Reino de las Dos Sicilias, en 1861, tras las heroicas jornadas revolucionarias republicanas, el Risorgimento italiano, se impone en la   península una solución monárquica. El país se sumerge en un periodo  de recuperación de la unidad nacional.

La literatura se hace eco de la época  en tres vertientes cierta vertiente neoclásica convive con el romanticismo ya orientado hacia la vanguardia y por otro lado, la vertiente realista que en este país estará representada por el verismo. Suele decirse que esta corriente es la vertiente italiana del naturalismo, ya que existen puntos de contacto entre los franceses Zola, Daudet y Maupassant, pero la diferencia radica en que el naturalismo aspiraba al rigor de la ciencia experimental e insistía en que la obra literaria reflejara los hechos con exasperada minuciosidad.

El verismo italiano, en cambio, se halla más cercano al romanticismo de Manzoni que a la novela experimental de Zola. Suele encontrarse con frecuencia, en los veristas, una impostación lírica que matiza la prosa narrativa con reflejos, evocaciones, climas poéticos. La simpatía casi nostálgica con que suelen representar a sus personajes contribuye también a vincularlos con la gran tradición romántica. Pero ello no excluye la perspectiva crítica.

Los veristas italianos – de Verga a Capuano, de Serao a Digiacomo, de Fuccini a Paolieri o De Roberto -, según afirma Corrado Simoni, “se volcaron a la realidad regional que era, desde el punto de vista político- social, la más importante del momento. Así, la fría objetividad fue sustituida por la búsqueda de la tierra nativa y la nostálgica complacencia de la infancia y del mundo primitivo ocupó el lugar del rigor científico”.

Cuando surge el verismo, todavía se debatían en Italia las cuestiones en torno a la lengua nacional. La prosa y la literatura dialectales fueron durante la segunda mitad del siglo XIX el testimonio más concreto de la unidad nacional italiana, mientras unidad no signifique uniformidad, sino dialéctico contraste y discordantes armonías con las diferentes tendencias.

En el cruce de problemas histórico – culturales y sociopolíticos se ubica el verismo, y sus más altos representante: Giovanni Verga.

Los personajes que pueblan el universo de la narrativa de Verga conforman una galería de “vencidos” y desheredados: son seres primitivos atenaceados por las pasiones, los celos, el sentido del honor, los lazos familiares, las venganzas, los egoísmos. En general, describe hombres y mujeres resignados frente a las condiciones materiales, al destino que no les permite modificar su suerte, que pesa sobre ellos como límite a sus aspiraciones y que los condena irremisiblemente a la soledad. El tono que prevalece en sus relatos es impersonal; en éste, la subjetividad tiende a esfumarse. En su relato”La amante de Gramigna” hace referencia a esta estética: “(...) he aquí no un cuento, sino el esbozo de un cuento. Por lo menos tendrá el mérito de ser brevísimo e histórico –un documento humano, como dicen hoy-, interesante, quizás(...) para todos los que estudian en el gran libro del corazón. (...) el simple hecho humano siempre hará pensar; siempre tendrá la eficacia de haber sido, de las lágrimas verdaderas, de las fiebres y de las sensaciones que han pasado por la carne. El misterioso proceso por el cual las pasiones se anudan, se entrelazan, maduran y se desarrollan en su camino subterráneo, entre sus ires y venires que, a menudo, aparecen contradictorios, constituirá durante mucho tiempo aún, el poderoso atractivo de aquel fenómeno psicológico que constituye el tema de un cuento y que el análisis moderno trata de seguir con escrúpulo científico (...)”.

Pobres diablos –tanto de provincias como de ciudad- recorren el mundo de Verga: cree en la virtud de pueblo, humaniza la vida de los desdichados y los miserables. Descubre cómo la sociedad misma agobia, cómo los prejuicios, las tradiciones, la superstición, abaten a los individuos enfrentados con un ambiente hostil. 

Obras:

  • Los carboneros de la montaña (1861 – 1862)

  • Una pecadora (1866)

  • Historia de una curruca (1871)

  • Eva (1873)

  • Tigre real (1874)

  • Nedda (1874)

  • Primavera y otros cuentos (1876)

  • Vida en los campos (1880)

  • Los malasangre (1881)

Entre otras


Bibliografía: 

  • Estela Dos Santos, Zola y el naturalismo, capítulo 26, en Historia de la Literatura Universal, Bs. As., Centro Editor de América Latina, tomo III, 1971.

  • Ana Goutman, La literatura francesa a fines del siglo, capítulo 27, en Historia de la Literatura Universal, Bs. As., Centro Editor de América Latina, tomo III, 1971.

  • Attilio Dabini, LA literatura italiana: verismo y fin de siglo, capítulo 30, en Historia de la Literatura Universal, Bs. As., Centro Editor de América Latina, tomo III, 1971.

  • Guy de Maupassant, Bola de sebo y otros cuentos, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1979. Estudio preliminar de Noemí Ulla.

  • Verga, Capuana, Serao y otros, El cuento naturalista italiano (antología), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Biblioteca total, 1978. Nota preliminar de Luciana Daelli.


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