-          ¿Ignatius, no crees que quizá fueses más feliz si te tomases una pequeña temporada de descanso en el Hospital de la Caridad?

-          ¿Te refieres por casualidad al pabellón psiquiátrico? –preguntó furioso Ignatius-. ¿Crees que algún psiquiatra estúpido debería sondear en el funcionamiento de mi psíque?

-          Podrías descansar, cariño. Podrías escribir cosas en tus cuadernitos.

-          Intentarían convertirme en un subnormal enamorado de la televisión y de los coches nuevos y de los alimentos congelados. ¿No comprendes? La psiquiatría es peor que el comunismo. Me niego a que me laven el cerebro. ¡No seré un robot!

-          Pero, Ignatius, ellos ayudan a mucha gente a resolver sus problemas.

-          ¿Y tú crees que yo tengo algún problema? –aulló Ignatius-. El único problema que tiene esa gente, en realidad, es que no les gustan los coches nuevos ni los pulverizadores capilares. Por eso los meten allí. Porque atemorizan a los otros miembros de la sociedad. Los manicomios de este país están llenos de almas cándidas que sencillamente no pueden soportar la lanolina, el celofán, el plástico, la televisión y las circunscripciones.

 

(Fragmento de La conjura de los necios -Diálogo de Ignatius con su madre-).