ALGUNOS CONCEPTOS SOBRE REALISMO LITERARIO
Por
Andrea Delfini, Profesora en Letras
Si
bien todas las épocas poseen aspectos realistas en su producción
literaria, el siglo XIX enmarca la corriente realista, que proliferó
en Europa en el arte en general y especialmente en la literatura. El
realismo es una tendencia estética que manifiesta interés primordial
por la observación del mundo, en su triple dimensión biológica,
psicológica y social y lo refleja en la obra de arte.
“Una novela es
un espejo que se pasea por un ancho camino.
Tan pronto
refleja el azul del cielo ante nuestros ojos,
como el barro
de los barrizales que hay en el camino.
¡Y el hombre
que lleva el espejo en el cuévano será acusado
por ustedes
de ser inmoral! Más justo sería acusar al largo camino
donde está el
barrizal y, más aún, al inspector de caminos
que deja el
agua estancada y que se formen los barrizales”
Stendhal, “Rojo y
negro”
Si bien todas las épocas poseen aspectos
realistas en su producción literaria, el siglo XIX enmarca la
corriente realista, que proliferó en Europa en el arte en general y
especialmente en la literatura. El realismo es una tendencia
estética que manifiesta interés primordial por la observación del
mundo, en su triple dimensión biológica, psicológica y social y lo
refleja en la obra de arte.
El realismo como
corriente específica es un movimiento moderno, que surge en el siglo
XIX como reacción contra el subjetivismo e idealismo románticos; el
romanticismo surge, basando su estética en la evasión y construcción
de un mundo fuera de lo real, la literatura no es reflejo sino
utopía, construcción de un ideal. Ningún arte es reproducción de lo
“natural” o “real”, sino mera representación y siempre ha de
manipular sus objetos, desfigurarlos e idealizarlos bajo una
pretensión objetiva. Digo pretensión porque tal gesto siempre
procede de una mirada subjetiva de dicho orden real o natural.
La revolución
industrial, como fenómeno histórico y social, impone las temáticas
al realismo: presentación de seres y problemas de la vida diaria,
pertenecientes a todos los estratos sociales y un abandono paulatino
de los elementos aristocratizantes propios del romanticismo.
Una de las
marcas fundamentales de esta estética es la inclusión de la lengua
viva en los usos literarios. La expresión lírica, patrimonio de la
literatura, comienza a ser desplazada por la introducción de otras
voces y registros, propios de los personajes de orígenes sociales
diversos que pueblan la literatura realista.
La novela, como
género literario va a tener su apogeo y reinado a lo largo del siglo
XIX, por ser la especie literaria más adecuada para dar cuenta de
esta diversidad de voces.
Algunas
características generales de este movimiento son:
La observación
detallada de la realidad contemporánea, como base de la producción
literaria. Bajo la mirada positivista de un hombre condicionado por
su medio, la preocupación relista es dar testimonio de la sociedad y
su reflejo.
La pretensión
objetiva, hallazgo de un equilibrio entre realidad y producción
literaria.
El hombre para
esta concepción va a ser un individuo, lo detallístico, la visión
fotográfica de este cuadro de situaciones será otra de las
características del movimiento
El individuo,
inmerso en una problemática contemporánea, en una historia que
trasforma y transcurre, son los materiales del testimonio, un
testimonio que no deja rozar lo didáctico, lo moral
Los
protagonistas principales serán aquellos seres marginados de la
sociedad, por los que el escritor siente un apego especial: la
pintura de ambientes sórdidos y seres vulgares, y por supuesto, la
burguesía acaudalada que no siempre posee el nivel moral que
corresponde a su posición social.
Un lenguaje
simple: en general la literatura realista se aleja de todo efectismo
expresivo dando lugar a un lenguaje desprovisto de complicaciones
que perturben ese reflejo, que es el objetivo primordial. Cada
personaje, de acuerdo a su nivel social va a hablar dentro de sus
reales posibilidades. Este ejercicio obligó a los autores de la
época a realizar estudios lingüísticos para dar más verismo a sus
personajes, haciéndolos hablar como en su entorno real.
Más allá del
valor documental y sociológico, el realismo debe tratarse como un
movimiento estético que ahonda en las miserias humanas universales.
Si nos quedamos con la pintura de la época, no veremos la
profundidad de dichas obras, pero hay características universales
que las hacen clásicas en la literatura, superando el momento
concreto que pretenden reproducir; allí reside el valor que
trasciende una época. Lo que las hace legibles a lo largo de la
historia, es esa mirada sobre lo humano.
Otras
vertientes
Otra vertiente, un poco más acá en el
tiempo y que ahonda la perspectiva realista es el naturalismo, cuya
temática traduce un arte experimental también en concepciones
científicas positivistas. En esta vertiente ya no se describe toda
la realidad, sino únicamente sus aspectos más crudos y
desagradables. Su creador, Emile Zola, manifiesta en sus obras un
foco hacia lo morboso y patológico. Adhiere casi dogmáticamente al
determinismo genético y por consiguiente a un hondo pesimismo. Los
personajes de esta línea son irredentos, sin salida.
Stendhal y
Balzac dieron cima a la evolución que para Erich Auerbach (1) se
venía preparando desde hacía tiempo (desde la novela de costumbres y
la comédie larmoyante del siglo XVIII, y más claramente aún
desde los tiempos del Sturm und Drang del
prerromanticismo) e iniciaron el realismo moderno, “que desde
entonces ha venido desplegándose en temas cada vez más ricos, en
concordancia con la realidad continuamente cambiante y expansiva de
nuestra vida” (2)
Stendhal, en
“Rojo y Negro” presenta a un personaje principal, Julián Sorel, que
poco tiene de héroe en el sentido moral del término. Es un joven
ambicioso y apasionado, hijo de un pequeño burgués que consigue
pasar de un seminario a ser secretario de un gran señor en París,
conquistando su confianza y el amor de su hija Matilde. Ésta
responde a un estereotipo de niña acomodada, que comienza a
hastiarse de su posición y ambiente e inicia una pasión con Sorel,
el servidor de su padre.
Los caracteres,
actitudes y relaciones de los personajes de “Rojo y Negro” están
estrechamente ligados a las circunstancias históricas de su
producción. El aburrimiento de Matilde procede de una decadencia
que, en dicha clase social, se venía dando desde tiempo atrás. Es un
síntoma que Julián aprovecha en su insaciable ambición de figuración
social.
En “Papá Goriot”
, Honoré de Balzac pinta un escenario parisino. París es para el
autor un “océano del que nunca podrá saberse su profundidad” o una
ciénaga. Una ciudad corrupta donde no se hace nada de lo que se dice
ni se dice nada de lo que se hace. Con esta explicación, la novela
va a dar cuenta de un mundo de apariencias que va a poner en
evidencia por la mirada objetiva del realismo. La obra contrapesa
todo el tiempo las dos caras de París: la del codiciado Saint
Germain (donde van a convivir los personajes socialmente altos) y la
del barrio latino, donde se halla la pensión desde la cual Balzac
nos va a mostrar una interesante gama de personajes unificados por
la miseria.
Los valores de
los personajes aparecen mezclados: el dinero lo es todo, el
vestuario y todo lo externo acompañan. El amor aparece mezclado con
este materialismo. Rastignac, el personaje principal, se deja
envolver en la frivolidad. Es el típico héroe que reniega de su
origen humilde y pretende ascender socialmente, a costa de la buena
base moral que su origen le prodigó. Un caso de ascenso social –
descenso moral muy típico de estas obras.
Para finalizar,
el valor de estas obras, entre otros tantos ejemplos, radica en su
condición, que sólo agregan los siglos a los clásicos de la
literatura. El clásico no es aquel texto que permanece intacto a
través de los siglos, sino aquel que puede actualizarse bajo la
mirada de cada lector, y poseen, a pesar de la distancia histórico –
social, la capacidad de trasladarnos y ubicarnos en la esencia
humana que intentan representar.
Autores representativos del movimiento y sus obras fundamentales:
Honoré de Balzac,
uno de los más importantes novelistas de la literatura mundial,
escribió más de cien obras que destacan por sus soberbias
descripciones de la vida en la Francia de su tiempo y por la
intensidad de los retratos de sus personajes. Su gran éxito, La
comedia humana, es una obra que comprende unas 90 novelas, en
las que presenta al lector una amplia y rica panorámica de la
sociedad francesa del siglo XIX.
Entre sus obras más importantes figuran:
“Eugenia Grandet” (1833); “Papá Goriot” (1834); Las ilusiones
perdidas (1837 – 1843) obra en tres volúmenes, entre otras.
Marie Henri
Beyle,
uno de los principales novelistas franceses del siglo XIX, firmó sus
obras con el seudónimo Stendhal. Sus dos novelas más importantes
fueron “Rojo y negro” (1830) y “La cartuja de Parma” (1839). En
ambas, el protagonista es un joven que persigue la felicidad a la
vez que se rebela contra las represivas convenciones sociales.
Aunque por lo general se le ha unido con el romanticismo, sus
profundos análisis de los personajes permiten que se le pueda citar
como uno de los primeros escritores realistas.
Guy de Maupassant,
(1850-1893), autor francés considerado como uno de los grandes
maestros del cuento de la literatura universal. Nació en el Château
de Miromesnil, en Normandía, y estudió en Yvetot y Ruán. Durante su
juventud fue miembro de un grupo literario surgido en torno al
célebre novelista Gustave Flaubert, que era íntimo amigo de la
familia. Fue el propio Flaubert quien formó a Maupassant en el arte
de la creación literaria. La primera obra importante de Maupassant
fue el cuento ‘Bola de sebo’ (1880), incluido en el volumen “Las
veladas de Médan” y considerado su obra maestra en ese género. En
los 13 años siguientes escribió más de doscientos relatos, entre los
que destacan “Mademoiselle Fifi” (1882) y el famoso “La Parure”
(1884). La obra de Maupassant se caracteriza por sus variaciones
sobre el tema de la crueldad humana, su realismo y su estilo
sencillo. Maupassant es también autor de tres colecciones de
recuerdos de viajes y seis novelas: “Una vida” (1883), que narra la
enternecedora historia de las desventuras de una mujer casada; “Bel
Ami” (1885), basada en el personaje de un periodista sin escrúpulos;
“Los dos hermanos” (1888), “La mano izquierda” (1889) y “Nuestro
corazón” (1890).
Gustave Flaubert,
(1821-1880), novelista francés encuadrado dentro de la escuela
realista, alabado por su objetividad y la esmerada perfección de su
estilo, cualidades ambas que se pueden encontrar en “Madame Bovary”,
su trabajo más representativo. La novela de Flaubert “Madame Bovary”
(1857) hubo de enfrentarse a un importante proceso legal. Tanto el
autor como el editor fueron acusados de inmoralidad y, aunque
resultaron absueltos en el proceso legal llevado contra ellos, el
escándalo empañó el lanzamiento del libro, y hasta mucho después de
la publicación no se reconoció como una de las obras maestras de la
literatura francesa.
Benito Pérez Galdós,
(1843-1920), novelista y dramaturgo español, uno de los escritores
más representativos del siglo XIX, junto con Clarín y Emilia Pardo
Bazán. La obra de Galdós se caracteriza por su marcado y nítido
realismo. Él es un gran observador con toques geniales de intuición
que le permiten reflejar tanto las atmósferas de los ambientes y las
situaciones que describe como los retratos de lugares y de
personajes. Se sirve del lenguaje para identificar a sus personajes
y esto ha hecho que muchas veces se le acuse de lo que no es: usa un
lenguaje ramplón cuando describe o habla un personaje ramplón.
Galdós dividió su obra en “Episodios nacionales”, “Novelas españolas
de la primera época” y “Novelas españolas contemporáneas”. Además
hay que considerar su teatro.
Bibliografía:
Auerbach, Erich,
Mímesis, La representación de la realidad en la literatura
occidental, México, Fondo de Cultura Económica, , 1950, 1979.
(1); (2)
Serrano Redonnet
y otros, España en sus letras, Buenos Aires, Editorial
Estrada, 1982.
Enciclopedia
Encarta, 2000.