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Sus
obras
Su
turno para morir (novela, 1976), Matando enanos a garrotazos (cuentos,
1982), Aventuras de un novelista atonal (novela, 1982), La hija de
Keops (novela, 1989), La mujer en la muralla (novela 1990, reeditada
en 1999) y el libro Poemas chinos (1987), Por favor ¡Plágienme!
(ensayo 1991), El jardín de las máquinas parlantes (1993), Los
Sorias, (novela 1998), El gusano máximo de la vida misma (novela
1999).
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ALBERTO LAISECA
Por
favor ¡Plágienme!
Un
escritor que va desde el realismo delirante al terror, de los felinos y
los perros a la narración de cuentos en televisión, asegura que existe
más de un Dios “llámalos y verás que responden”. Autor de
innumerables obras donde El gusano máximo de la vida misma y Los
Sorias -con una década de elaboración y dos de espera en ser
editada- se destacan como sus obras sobresalientes. Para muchos, el único
maldito de la literatura argentina actual, para él “el último orejón
del tarro”.
Enorme, erudito en cosas raras, delirante ocasional, escritor, contador
de historias, filósofo. Todo lo que resultaría excesivo para los cánones
corrientes es perfectamente normal en su universo hiperbólico: mide
casi dos metros, es corpulento, lleva bigotes anchísimos, jeans y
camisa blanca con alforcitas, de las que se usaban en los 70. Escribió
una novela de más de 1.300 páginas, Los sorias, a la que Ricardo
Piglia calificó como "la mejor novela argentina después de Los
siete locos" y que le llevó 10 años de trabajo y 20 de paciente
espera, hasta que al fin fue editada en 1998. Escribió otras no tan
largas pero igualmente contundentes: Aventuras de un novelista atonal,
La hija de Kheops, El jardín de las máquinas parlantes, La mujer en la
muralla (reeditada en 1999). Todas escritas en un idioma propio, donde
hay palabras como "chichi" (malvado), "manijas"
(brujerías) y "cosillas" (cosas chiquitas). Entre sus ensayos
se destaca el muy particular Por favor ¡Plágienme! (plagiando
sistematizada y progresivamente), que todo aquel que alguna vez pudo
superar el mito de la hoja en blanco debe leer “Cualquiera puede
crear. Plagiar es para los elegidos”, asegura Laiseca.
Nació en Rosario en 1941. Su infancia poco feliz transcurrió en la
localidad cordobesa de Aldao. A los tres años perdió a su madre y
creció bajo la férrea disciplina de su padre. De joven intentó ir a
Vietnam a combatir como voluntario pero fue rechazado por el ejército
de EE.UU. Otro fracaso lo tuvo en un concurso literario por encabezar
con gerundio el original: Matando enanos a garrotazos. Intentó estudiar
ingeniería, pero abandonó para dedicarse a estudiarlo todo, por su
cuenta: desde física cuántica y economía hasta astrología e historia
de los sumerios, pianista aficionado, peón golondrina y corrector de
galeras. Se dice pagano y politeísta. Fuma todo el tiempo. Elige
escenarios y personajes a su medida: la China de la Gran Muralla, el
faraón Kheops, la lucha entre los imperios Tecnocracia y Unión Soviética.
Incluso el gusano que protagoniza su última novela, recién editada por
Tusquets, está lejos de ser un insignificante gusanito de jardín. Para
nada: es El gusano máximo de la vida misma, un monstruillo sexópata
que se aprovecha de sus muchos pseudopodios para abusar de cuanta señorita
encuentra en departamentos y cloacas de una Nueva York sospechosamente
parecida a Buenos Aires.
Hoy, Laiseca vive en un departamento en el barrio de caballito
–siempre junto a sus gatos-, y alterna se trabajo de escritor con el
de narrador de los Cuentos de Terror, un micro semanal de 7 minutos
emitido por I.Sat los viernes a las 23 horas.
¿Qué es lo que asusta del terror?
Justamente
la idea de los cuentos de terror es asustar desde un lugar que no se
sabe bien cuál es. Porque es inútil, los monstruos existen, existe el
vampiro, el muerto resucitado, el "beso de la muerte", como
decía Richard Widmark. Por alguna extraña razón, no tan extraña, los
peores horrores siempre se mezclan con lo cotidiano. Tu casa es tu
santuario, llegás, encendés la hornalla para preparar un mate y
resulta que sin razón alguna la hornalla se enciende sola. Sentirse
invadido en el lugar de la intimidad más profunda es lo que provoca el
espanto, es el viejo miedo del chico que se acuesta a dormir y el
monstruo está debajo de la cama.
Entonces los cuentos de terror son necesarios...
Son
indispensables, porque los monstruos realmente existen y uno debe estar
preparado frente a la posibilidad de que irrumpa el monstruo en nuestras
vidas. Por eso no estoy de acuerdo con que hayan sido desechados los
cuentos de hadas del siglo XIX, es preferible mil veces que las cosas
sean terribles en la ficción a que lo sean en la realidad. Debemos
aprender una actitud dialéctica, por un lado confianza para poder
operar y no trabar nuestros sentimientos, y por otro estar prevenidos
para que lo malo no suceda.
¿Cómo
que los monstruos existen?
Siempre
existen de alguna manera, tal vez no exista el conde Drácula que abre
tu ventana y te muerde en el cuello, pero definitivamente sí existen
seres que te roban la energía y la sangre.
Hay
gente que no soporta esos cuentos...
Son
seres especialmente sensibles, tal vez sean los que más captan que
todas esas cosas son verdad. Pero escaparse no es el método adecuado,
lo mejor es enfrentarlo, es más, aprender a disfrutarlo.
Si
bien Los Sorias es su obra cumbre, para muchos, El gusano máximo de la
vida misma (1999) es un punto de inflexión en el recorrido literario de
Laiseca.
¿Cómo nació "el gusano máximo de la vida misma"?
Cuando
uno está muy reprimido -esto lo sé desde la infancia-, inventa
personajes superpotentes que hacen lo que se les canta. Yo siempre digo
que soy un dictador frustrado. En mis novelas conduzco ejércitos, tengo
poderes mágicos maravillosos. Es un mecanismo de compensación psíquica.
Los escritores tenemos esos mecanismos. Recuerdo, por ejemplo, un día
que estaba muerto de frío y de hambre en una pensión roñosa. Entonces
me acosté y me puse a leer unas viejas efemérides de 1968 o 1969 que
había comprado en una librería de viejo, de ésas que traen la
historia de México o Nicaragua, con anécdotas extraordinarias sobre
dictadores de la época. Y se me fue el frío, el hambre, todo: empecé
a escribir historias graciosísimas de dictadores inventados. Lo mismo
me pasó, por ejemplo con El gusano de la vida misma. Hace once años yo
estaba en un período especial, con muy poca guita. Y si bien ya no hacía
una vida underground, me salieron afuera esos recuerdos. Me habían
echado del diario La Razón, muchas cosas habían colapsado a mi lado.
Estaba acostumbrado a una vida y de repente, prácate, me fui al carajo.
Así tuve un arranque de superpotencia para compensar la impotencia:
empecé a escribir fragmentos de narrativa con este personaje que me
encantó. Pensé en hacer cuentos, pero después vi que daba para más y
los hilé en una novelita.
En ese sentido esta novela es diferente de otras anteriores, que
tuvieron todo un programa detrás, años de investigación, como La
mujer en la muralla, Los sorias.
Sí,
esto tiene un estilo historieta de aventuras. Como cuando un guionista
descubre un personaje y todas las semanas escribe un cacho. Sin duda La
mujer... es otra cosa; ni hablar de Los sorias o El jardín... Esto fue
como un descanso. Y hoy me están empezando a ir mejor las cosas, así
que acaso también fue un exorcismo.
En la novela usted evoca una infancia de mucho maltrato y humillación.
"Fue un verdugueo continuo: un niño en manos de un padre loco,
cruel e injusto”. Sí, todo lo que cuenta el gusano es autobiográfico.
Yo fui un niño absolutamente soviético. No por ideología, sino por la
presión social. Mi padre era Josef Stalin, no sé si sabías. Y la única
forma que tenía de defenderme de los confinamientos, de la obligación
de construir gasoductos fue la imaginación, escribir. Escribir y el
juego de las figuritas, un juego que yo había inventado. Dibujaba
personajes, los recortaba y los hacía formar historias. Ejércitos en
marcha, expediciones que buscaban tesoros o rescataban princesas. Ese
juego me salvó. Y también la pandilla con los enanos, esa que
repudiaban mi viejo, el tío Enrique y la tía Zulema. Porque los
nombres son esos, los puse tal cual. Yo tengo mucha memoria y te aseguro
que los comentarios son textuales: "A ver si te hacés hombre, dejate
de joder con los enanos!". Han pasado 45 años, pero no lo olvido.
La espina de tiburón en la garganta, como digo en el gusano, la tengo
atravesada todavía.
¿El arte es siempre una "compensación psíquica"?
Yo
no sé qué motivaciones tendrán otros: para mí, todos los escritores
tenemos cosas para compensar psíquicamente. Posiblemente en el mundo de
la plástica no sea así. Yo a los pintores los veo mucho más cerca de
lo concreto. Puedo equivocarme: si pienso en Van Gogh o Toulouse
Lautrec, vaya si tenían cosas para compensar. Pero mirá tipos como
Gauguin. Se fue a las islas, se cogía chicas lindísimas, sólo quería
pintar. Representar las cosas hermosas que veía afuera y adentro suyo.
Pero tengo la impresión de que los escritores hemos tenido que combatir
mucho, en algún período de nuestras vidas, con las abstracciones,
contra el no aceptar nuestra vida. Yo hace años que vencí eso, pero
tenía un amigo que hablaba de árboles, pájaros, flores, y jamás había
visto un pájaro ni nada. Por supuesto había ido alguna vez a una
plaza, pero le daba lo mismo un gomero que un eucalipto; no le daba
bola. Y era un genio. Pero ¿de qué te sirve ser genial si rechazás la
vida? Es un problema de los escritores: demasiada abstracción.
Bueno, también está la pintura abstracta. Kandinsky, por ejemplo...
A
mí no me gusta Kandinsky, ése es el problema. Me gustan los
surrealistas, pero no los cubistas, los abstraccionistas. Yo rechazo
fundamentalmente la abstracción.
¿Por qué?
Porque
para ser abstractos tenemos toda la eternidad. Ahora estamos en el mundo
de lo concreto. Yo quiero la mujer, el vaso de cerveza, la montaña. No
me gusta la poesía abstracta, ni la pintura ni -va de retro- la
escultura. Y tampoco, por supuesto, la música abstracta. Fijate:
Arnold Schoenberg, Stockhausen. Creo
en el genio de todos ellos, así como también creo que pusieron su
genio al servicio de una idea estética errónea. No sé, la Venus de
Milo me gusta mucho: es una gordita tetona magnífica, lástima que no
tiene brazos.
Tanto en Los sorias como en El gusano... aparecen tres espacios:
Tecnocracia, Unión Soviética y Soria. Curiosamente usted pone el
centro de gravedad en Tecnocracia y generalmente éstas tienen muy mala
prensa.
Sí,
lo que pasa es que yo creo en una tecnocracia teológica-ontológica
como idea política, como futuro posible. Las jodas que yo hago ahí con
el gusano, esas ideas sobre la economía, son todas ideas mías. Exageró
un poquito el gusano, con su despotismo. Pero en lo económico tiene
ideas muy claras: eso de bajar los impuestos, emitir el Bono Patriótico
hasta que empiece a funcionar la ley de Lassing. Tal cual como lo pienso
yo. Yo no bajaría las tasas de interés, como dice el gusano, las dejaría
flotantes. Aunque primero hay que bajar los impuestos. Pero no nos vamos
a poner a hablar de economía ahora...
Usted decía "tecnocracia teológica y ontológica" ¿Qué
quiere decir eso?
Para
mí teología y ontología son lo mismo. En el mundo del pensamiento
todo está dividido en porciones: una cosa es la metafísica, otra la
ontología, la teología, la gnoseología, etcétera. Eso de dividir el
mundo profundo en porciones me parece muy peligroso, el principio de la
decadencia. En mi diccionario de sinónimos, antónimos e ideas afines
todas estas cosas son lo mismo. Por eso prefiero hablar de
"tecnontocracia". Mi idea es un Estado que respeta a los
individuos pero también al colectivo. Una mezcla alquímica de ambas
cosas muy difícil de lograr, por cierto.
Usted bautizó a su literatura como "realismo delirante" pero,
en realidad, casi todo lo que dicen sus personajes es lo que usted cree.
¿También es suya la tesis de la gorda Dorys, que descree del Big Bang?
-Sí, yo no creo en el Big Bang. Creo en el Big Ben, pero eso es otra
cosa. Yo creo en un modelo que edifiqué cuando estudiaba física y que
va sufriendo un service, digamos. Un modelo de ocho dimensiones: cuatro
para la materia, incluido el tiempo, y cuatro para la antimateria. La
materia y la antimateria intercambian fuerzas, una suerte de Moebius de
ocho dimensiones. Además, teológicamente coincide con los paganos. Decían
los antiguos sumerios que el universo fue creado desde siempre, pero
también fue creado en un momento y también está siendo creado hoy. Mi
modelo contempla una cantidad de tiempo constante, de muchos miles de
millones de años, que se va repitiendo. Lo explico mejor: supongamos
que determinamos la edad del universo. Pongamos una cifra: 14 mil
millones de años. Entonces a partir de hoy, mayo de 1999, dejamos pasar
14 mil millones de años. Y alguien en ese futuro tan remoto pregunta:
¿qué edad tiene el universo? No es 14 mil millones más lo que pasó
hasta ahora, no: siempre serán 14 mil millones de años. Como que el
tiempo se traslada, es siempre la misma cantidad. El tiempo es relativo
en pequeños y hasta en grandes números, pero no en la totalidad de los
números. En esa dimensión es una constante. Esa es mi doctrina. Como
dijo la gorda Dorys: archívelo pero no lo dé a publicidad, total nadie
entiende. La gorda es mi alter ego, como te habrás dado cuenta.
Tiene muchos alter egos: fue alguna vez el emperador que mandó
construir la Muralla China. Fue también su consejero, el mago Lai-Chu.
Fue Kheops, fue Iseka en Los sorias y también es el gusano...
Sí,
uno se reparte en distintos personajes. Son distintas partes de uno,
porque uno no es una unidad monolítica. Yo no creo en los
"monos": ni el yo monolítico ni el monoteísmo...
¿Por qué no el monoteísmo?
¿Cómo
puede ser bueno algo que parte de un principio falso? El monoteísmo
parte de una premisa falsa. ¿Vos qué pensarías de Laiseca si viene un
día y te dice: "Soy el único ser humano del mundo, todos ustedes
son meras proyecciones de mi mente"? En primer lugar que estoy
loco, y segundo que soy un hijo de puta, porque te estoy negando a vos
como ser humano. Yo no soy el único ser humano del mundo, como tampoco
él es el único dios. Sí hay otras diosas y dioses! Yo los he
visto! Llámalos y verás que responden.
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