Semblanzas

 


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BAUDELAIRE, SU VIGENCIA LUEGO DE CASI DOS SIGLOS

Por  Andrea Delfini 


Charles Baudelaire es considerado “el padre de la poesía moderna”. Crítico lúcido y poeta sumamente arraigado a lo espiritual, debemos a él la noción de poesía “como una entidad que trasciende la pasión y la razón humanas” así como la preocupación moral por el individuo concreto.

En 1857 se publicaron “Las flores del mal” de Charles Baudelaire.

“En los quinde años siguientes, Rimbaud escribe su obra, y Mallarmé lo esencial de la suya. Esta prodigiosa eclosión, de la que saldrán todos los frutos de la poesía francesa durante un siglo, tiene lugar, por un misterioso designio, en un momento en que la civilización comienza a embriagarse en otras fuentes – materiales – de energía. Tres obras geniales, solitarias, altivas preceden la era de la máquina de vapor perfeccionada, de la electricidad y del motor de explosión. Afirman la preeminencia del individuo, en el momento en que se inician el reino y las luchas de las colectividades. Exaltan los poderes del lenguaje y lo llevan a su más alta eficacia, en tanto la aceleración y la diversificación de la vida general tienden a desgastar y alterar la lengua.

Afrontan a Dios, el Genio y lo Absoluto, mientras que el esfuerzo de los hombres parece ser el de liberarse de estos conceptos fascinantes. Provocan un largo divorcio entre la expresión de la poesía y la inmensa mayoría de los lectores, inclusive los cultivados, y sin embargo, todo poema que no esté inscrito en los caminos que ellas trazaron muere pronto. Se las cree singulares, erráticas, inasimilables, y en cambio inspiran, sirven de ejemplo en el mundo entero. Inadvertidas o vilipendiadas en el momento de su aparición, casi nada más que ellas subsiste de la literatura de la época que la vio nacer. Un solo volumen contendría lo esencial de ellas, y por centenares se cuentan los libros que les son dedicados desde hace decenas de años. Este enorme aparato crítico no las ahoga. Quien las descubre o vuelve a ellas, respira siempre su juventud y su novedad. Después de las frecuentaciones más asiduas, todavía sorprenden y “tiran del pensamiento” según la expresión de Rimbaud, hacia estados o perspectivas insospechados. Ellas crean a quien se les aproxima.” (René Ménard). 

A partir de este hito literario, de la aparición de los autores mencionados por Ménard, la poesía ya no será una manera ornamental del pensamiento, de agregarle musicalidad, o un juego ingenioso y sonoro, se convertirá en “instrumento de conocimiento y revelación de la verdad”, frente al mito moderno de la perfectibilidad humana sin límites, debido a la primacía de la razón sobre el gobierno de la materia.

Charles Baudelaire es considerado “el padre de la poesía moderna”. Crítico lúcido y poeta sumamente arraigado a lo espiritual, debemos a él la noción de poesía “como una entidad que trasciende la pasión y la razón humanas” así como la preocupación moral por el individuo concreto.

“Todas las voces de una gran ciudad, todos los gritos de estas vastas prisiones del final de las culturas donde la vida se vuelve casi absolutamente insoportable, brotan transfiguradas por una belleza lacerante de entre las páginas de “Las flores del mal”. Allí está el amor, principio y arranque de toda vida; la pasión (Jano con su rostro ignominioso y otro radiante); el amor de nuevo convertido en sórdida tragedia; el nacimiento, la cuna; el tumulto cruel de la capital cosmopolita; la codicia, la riqueza, los lugares de placer, los paisajes eglógicos o sensualmente tropicales con que sueña el hombre urbano encerrado el año entero en la cárcel de sus altos edificios; los viajes, que son metáfora de un viaje último en el que nadie piensa, pero que todos nos veremos obligados a realizar algún día.

Los arrabales también impregnan su poesía, con sus linyeras que se emborrachan y sueñan como poetas; con sus asesinos, hospitales; los juerguistas que vuelven de madrugada a sus camas, cuando los demás comienzan su jornada.” (N. Lamarque) 

La pobreza es otro de sus temas predilectos, así como la vejez: dos aspectos de la humanidad ante los que los poetas no suelen abrir los ojos, quizás porque el “ideal estándar de belleza” no se conjuga con estos estados, o porque para el común de la gente sea mejor negarlos u olvidarlos.

Baudelaire no fue comprendido por su época quizás porque puso el dedo en la llaga con su obra sobre temáticas que dolían (y siguen doliendo); a mitad del siglo XIX fue catalogado de satánico. Veamos algunos de sus versos satánicos.

En su obra hay cuatro poemas que pueden catalogarse de esa manera: el primero es “Lesbos”, en el que da cuenta de la homosexualidad:  

“Lesbos, tierra de noches calientes, desmayadas,

 que hacen que en sus espejos, con voluptuosidad

las niñas, de sus propios cuerpos enamoradas,

acaricien los frutos de la nubilidad” (...) 

Bajo el título “Rebelión” aparecen los otros tres poemas denominados también satánicos: en “La negación de San Pedro” intenta humanizar la figura de el Cristo doliente y crucificado así como justificar la negación de Pedro por su costado humano; en “Abel y Caín” la dicotomía del bien y el mal aparece relativizada: en el fondo todo humano contiene en sí mismo algo de los dos componentes: 

“ ¡Ah raza de Abel, tu carroña

ha de abonar el suelo humeante!

Raza de Caín, tu tarea

aún no fue cumplida bastante;

raza de Abel, tu oprobio mira:

¡el chuzo al hierro ganó la guerra!” 

El último de esta serie es “Letanías de Satán” en el que se deifica la figura controvertida del diablo, en esa concepción de ángel caído que alguna vez ocupó el lugar del Dios bueno, pero por sus acciones, tuvo que reinar en las tinieblas. Si los miramos desde hoy, estos poemas no tienen mucho de satánico, ya que no instigan a ningún cambio de valores por parte del autor; existe un reconocimiento de estas fuerzas que son quizás más humanas que la misma divinidad. En su época de producción no fueron recibidas de esta manera, por ello el apelativo que Baudelaire recibiera de “poeta maldito”. En la sociedad francesa de mitad de siglo XIX, seguramente no preparada para recibir tales letras, lo que el autor estaba intentando hacer era pintar las costumbres relajadas de sus nobles, evidenciar la pobreza y la marginalidad que provocaron la ligera industrialización y la urbanización desmedida y colocarse en el lugar de estas clases sociales, sus vicios y su promiscuidad. Es por esta trascendencia que la obra de Baudelaire tiene tanta vigencia y es hoy más comprendida, sin los prejuicios y mandatos de la sociedad pacata en la que surge. 

Hay otro tema, universal y clásico en la literatura y en la vida humana, el tema de la muerte. La poesía baudeleriana está recorrida de un extremo al otro por esta temática, pero sin el pavor que habitualmente encontramos en ella, por ejemplo, en los versos de Poe. Baudelaire la contempla desde afuera, con ojos de hombre todavía viviente. Su poema “El viaje” es una alegoría gigante que provoca un hechizo sobrecogedor. Así concluye este poema: 

“¡Oh Muerte, capitana es tiempo ya! ¡Levemos!

¿Este país nos pesa, oh Muerte! ¡Aparejemos!

Si negros como tienta son el cielo y el mar,

¡tú conoces nuestra alma y la ves irradiar!

 

¡Escancia tu veneno pues que nos reconforta!

Legaremos, en tanto nos abrasa tu fuego,

al fondo del abismo, Cielo , Infierno ¿qué importa?

¡Al fondo de lo Ignoto para encontrar lo nuevo

Esta muerte inevitable, no temida, casi persona, que nos conoce y nos espera, sin pavor al infierno, sin idea de merecer el cielo, es un viaje de descanso para los tormentos del mundo. 

Otra vertiente a destacar en Baudelaire es su temática metafísica. Dentro de esta línea se destaca su poema “Correspondencias” que fue tomado por el simbolismo como punto de partida para su posterior movimiento. Transcribo algunos versos significativos: 

 “(...) entre bosques de símbolos va el hombre a la ventura,

 que lo contemplan con miradas familiares.

(...) así hay perfumes frescos como carnes de infantes (...)

de una expansión de cosas infinitas henchidos,

como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe,

que cantan los transportes del alma y los sentidos.” 

En realidad, toda la vanguardia del siglo XX se va a nutrir de Baudelaire, fue algo así como un maestro, un iniciador para todas las escuelas poéticas que surgieron durante la primera mitad del siglo XX. 

Para finalizar y sólo por elección personal, hay un poema de la primera parte de su obra “Spleen e ideal” denominado “El albatros” que alude a estos pájaros torpes en la tierra, a su falta de elegancia y a las burlas de estos gigantes con alas que le impiden volar. Compara al poeta con estos pájaros: 

“El poeta es como un príncipe del nublado

que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;

en el suelo, entre ataques y mofas desterrado,

sus alas de gigante le impiden caminar.” 

El poeta excluido de lo convencional, burlado, atacado, se parece mucho a ese albatros y a la propia figura del autor en el entorno cultural y social que le tocó vivir. En su época fue incomprendido; para sus sucesores: modelo a imitar, inspirador, reivindicado. Nada raro en la historia de la literatura. Por eso es universal, porque se sigue leyendo y posee vigencia, la que no tuvo para sus contemporáneos.


Fuentes 

-          Aguirre, Raúl G. Poetas Franceses Contemporáneos. “Prólogo, versiones y notas”, Librería Fausto, Buenos Aires, 1974.

-          Baudelaiere, Charles. La flor del mal. “Prólogo” (Lamarqué, Nydia), Losada, Buenos Aires, 1980 (8ª edición).


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