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“LA MUERTE Y LA BRÚJULA”,
UN CUENTO ESENCIAL DE JORGE LUIS BORGES
Por Andrea DelfiniExiste un prejuicio acerca del acceso a los
textos de Borges debido a su complicación. Es un autor
complejo que requiere de una gran atención, paciencia y relectura;
desde el punto de vista gramática sus construcciones son estratégicamente
trabajadas, en eso radica, entre otras cosas, su distinción como
uno de los más destacados escritores de las letras hispanas. Pero la lectura de Borges, por su
complejidad, plantea un desafío que los lectores ávidos de buena
literatura no podemos ignorar. Hay un cuento, que en este artículo me interesa
particularmente comentar, punto de partida a una lectura más
profunda del resto de la obra de este autor. Se trata de “La
muerte y la brújula” (LMB de ahora en más). Esta obra
aparece publicada en Ficciones (1944); por su género está
emparentada con el policial, más específicamente con la serie británica,
representada por Poe (Dupin), Conan Doyle (Sherlock Holmes),
llegando a Chesterton (Padre Brown). Borges toma el policial para
parodiarlo(1) a través de distintas estrategias: por un lado
invierte la ecuación, el detective va a ser la víctima; el
criminal es quien construye el relato (quien realiza la síntesis
final es Red Scharlach, el asesino); el crimen verdadero aparece al
final y no como en la saga policial, en una primera instancia para
ser investigada; quien tiene la verdad es el comisario, no el
detective. La categoría de los sospechosos es otra de las
supresiones que el relato despliega para diferenciarse del género. Finalmente Lönrot (el detective) es esquemático,
niega los datos de la realidad, construye una realidad con una trama
interesante que conviene más a su arquetipo enraizado en la tradición
del policial de enigma. Dados todos estos elementos de la parodia
sostenemos que LMB transcurre en un Buenos Aires enmarcado en
lo onírico, según declaraciones de su propio autor; hay un
disloque topográfico, un nuevo orden impuesto por la nominalización
extranjera a lugares reconocibles de la ciudad en los años ’40. Si recorremos los escenarios, la puesta en escena
de las muertes del relato y el pretendido recorrido que el asesino
urde para tramar su último y verdadero crimen, vamos a transitar un
camino sugerido al asesino por el propio Lönrot, “puro razonador,
un Auguste Dupin” con algo de “aventurero” y “hasta de tahúr”. El primer crimen ocurre en el Hotel du Nord.
“El Hotel du Nord está en el Norte, como el Plaza”(2) *;el
narrador lo describe como un “alto prisma que domina el estuario
cuyas aguas tienen el color del desierto” , alusión clara a
nuestro Río de la Plata. Si seguimos la lógica de Treviranus (2) **, es
él quien encuentra la verdad del caso: su pensamiento pragmático
acierta con la trama en primera instancia. Para Lönrot su juicio es
“posible pero no interesante” aspecto que denota la lectura que
hará del resto de las “huellas” que el asesino tenderá como
una verdadera trampa. Treviranus no va a perder tiempo en supuestas
“supersticiones judías”, que para Lönrot son la explicación
del crimen. Hay otros elementos topográficos que espejan y
reproducen otras topografías borgeanas del Buenos Aires orillero,
aquel de la esquina rosada, que aparece en poemas y relatos del
autor. El segundo crimen se comete en el occidente “un
callejón final de tapias rosadas” un 3 de enero. El cuerpo de un
“hombre emponchado, yacente”, cubierto de sangre, con una puñalada
en el pecho, la inscripción en la pared, continúan con el
designio. Un mes después, casualmente 3 de febrero, se
comete el supuesto tercer crimen, aunque el cuerpo no aparece. Otra
vez, a la explicación hasídica de Lönrot, Treviranus opone un:
“¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?” que va a
ser otra vez la visión acertada del crimen. En un mapa de esa Buenos Aires onírica, los tres
puntos de hallazgo del crimen forman un triángulo. La solución del
cuarto y último crimen completaría la figura de un rombo, trazado
en un mapa que Lönrot descubre luego de cien días de “sedentaria
investigación”. Gracias a la brújula y a su estudio del Tetragrámaton
(“el inefable nombre de Dios; la tesis de que Dios tiene un nombre
secreto, en el cual está compendiado su noveno atributo, la
eternidad”), Lönrot descubre la posibilidad de ese cuarto crimen,
en el otro vértice del rombo. Ese laberinto es una trampa para el intelectual Lönrot,
lo único no previsto, aparece repetido en la quinta de
Triste-le-Roy, cuarto vértice del rombo: “Vista de cerca, la casa
de la quinta de Triste-le roy- abundaba en inútiles simetrías y
repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego
correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se
reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble
balaustrada”. Aparecen aquí dos temáticas borgeanas por
excelencia, el tema del laberinto y el tema del doble, de los
espejos. Teniendo en cuenta que un rombo es la figura proyectada en
espejo de un triángulo, se solventa la tesis del investigador.
Justamente este cuarto vértice, la quinta de Triste-le- Roy cuya
geografía alude al tan mentado Adrogué del autor, es el punto de
encuentro para su propia muerte. Así como existe un Buenos Aires onírico,
duplicado, visto bajo el velo de una mirada diversa, la casa de la
espera tramposa reproduce esta posibilidad múltiple, esta metáfora
que Borges se encargó de tematizar en numerosos relatos y
ensayos. Este es sólo un relato, pero como todo en el
universo borgeano posee en su interior gran parte de la temática
que va a desplegarse en el resto de la obra. Una recomendación para enriquecer la lectura de Borges
y su posibilidad de ser leída desde lo intertextual es explorar
otras lecturas de Poe (especialmente “La carta robada”) y de
Chesterton con su inigualable padre Brown. Referencias (1)
Bastos,
María Luisa, Relecturas, Hachete, Bs.As., 1989, (Cap. VIII
“La muerte y la brújula, modelo de repercusiones incalculables de
los verbal” pág 123 – 138). (2)
*
Ruiz Díaz, Borges enigma y clave, Buenos Aires, Nuestro
tiempo, 1955, pág. 38. “Buenos Aires es un puerto como Toulon y
Liverpool. El antiguo paseo de Julio -la Rue de Toulon – era la
calle del puerto. Bajo las especies de un locativo francés, Triste
le Roy, alude crípticamente al triste destino de Eric Lönrot: la
raíz germánica escandinava de Eric es forma nórdica equivalente a
la latina rex” . ** También los nombre propios concentran bajo su apariencia escandinava o sajona significados simbólicos: así Eric Lönrot quiere decir “rey rojo” Red Scharlach, Rojo escarlata; el apellido Treviranus está fabricado sobre la palabra latina tresviri (triunvirato), “El comisario es tres en uno, y reúne características del comisario y detective clásicos del policial y capta la trama tendida por el pistolero”. Notas relacionadas
LA VIDA DE JORGE LUIS BORGES
Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, e
hijo de un profesor, estudió en Ginebra y vivió durante una breve
temporada en España relacionándose con los escritores ultraístas.
En 1921 regresó a Argentina, donde participó en la fundación de
varias publicaciones literarias y filosóficas, como Prisma
(1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro, en las
que publicó esporádicamente; escribió poesía lírica centrada en
temas históricos de su país, que quedó recopilada en volúmenes
como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente
(1925) y Cuaderno San Martín (1929). De esta época datan
sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso
Reyes y Oliverio Girondo. En la década de 1930, a causa de una herida en
la cabeza, comenzó a perder la visión, hasta quedar completamente
ciego. A pesar de ello, desde 1938 a 1947 trabajó en la Biblioteca
Nacional de Buenos Aires y, más tarde, llegó a convertirse en su
director (1955-1973). Conoció a Adolfo Bioy Casares y publicó con
él Antología de la literatura fantástica (1940). Sin embargo, se inició en la literatura con
ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se
encuentran reunidos en Inquisiciones (1925). Historia
universal de la infamia (1935) es una colección de cuentos
basados en criminales reales. En 1955 fue nombrado académico de su
país y hacia 1960 su obra era valorada universalmente como una de
las más originales de la literatura hispanoamericana. A partir de
entonces se sucedieron los premios y los reconocimientos. En 1961
compartió el Premio Formentor con Samuel Beckett, y en 1980 el
Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de
1986. Los Cuentos
A lo largo de toda su producción, Borges
creó un mundo fantástico, metafísico y totalmente subjetivo. Su
obra, exigente con el lector y de no fácil comprensión, debido a
la simbología personal del autor, ha despertado la admiración de
numerosos escritores y críticos literarios de todo el mundo.
Describiendo su producción literaria, el propio autor escribió:
“No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un
hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y
el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en
forma de literatura”. Ficciones (1944) está
considerado como un hito en el relato corto y un ejemplo perfecto de
la obra borgeana. Los cuentos son en realidad una suerte de ensayo
literario con un solo tema en el que el autor fantasea desde la
subjetividad sobre temas, autores u obras; se trata, pues, de una ficción
presentada con la forma del cuento en el que las palabras son
importantísimas por la falsificación (ficción) con que Borges
trata los hechos reales. Cada uno de los cuentos de Ficciones
es, a decir de la crítica, una joya, una diminuta obra maestra.
Además, sucede que el libro presenta una estructura lineal que hace
pensar al lector que el conjunto de los cuentos conducirán a un
final con sentido, cuando en realidad llevan a la nada absoluta.
Otros libros importantes del mismo género son El Aleph
(1949) y El hacedor (1960). Borges fue un devorador de
conocimientos y estudió con detenimiento y profundidad la obra de
un gran número de escritores y pensadores, especialmente los de
lengua inglesa y los españoles del siglo de oro; entre los primeros
se encuentran Chesterton, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson,
Rudyard Kipling, Thomas de Quincey, y entre los segundos, Francisco
de Quevedo y Miguel de Cervantes, especialmente su Quijote.
Así, de todo este rico panorama extrajo no solamente motivos e
ideas, sino que incluso rehizo fragmentos apócrifos pasados por su
universo literario. Y así planteó unos temas recurrentes en sus
obras que arrancan de la condición humana como centro y divagan
sobre el tiempo, el destino o la muerte, no de una manera lineal,
sino entre serpenteantes laberintos y teniendo siempre un trasfondo
filosófico (i). (i) Borges, Jorge Luis, Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation.
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