|
|
Gran
poeta de las letras argentinas, dueño de una voz única para
describir lo cotidiano, lo sencillo, lo íntimo. Su vocación por la
literatura lo empujó a abandonar su primera pasión: la medicina Estilo y obra Baldomero
Fernández Moreno nació el 15 de noviembre de 1886 en el porteño
barrio de San Telmo. Luego de vivir algunos años en España regresó
a la Argentina en 1899 y en 1905 comenzó a estudiar medicina en la
Universidad de Buenos Aires, donde en 1912 se recibió de médico.
En 1924, absorbido por su actividad literaria y la docencia en
letras, abandonó la profesión. Baldomero
dedicó su primera obra a Rubén Darío con la frase: “Enfermo y
pobre en tierras lejanas”. Nos ubicamos en 1915, el modernismo que
fundó Darío estaba agotado, había cumplido un ciclo iniciado por
su libro Azul (1) en 1898. Por lo tanto, la dedicatoria es un
gesto, una delicadeza por parte de quien no va a afiliar a la estética
del movimiento moderno, más bien se va a mover en otras aguas:
“Era de imperiosa necesidad para nuestra literatura dejar en paz a
marquesas en sus tocadores y a los dioses en su Olimpo (...) Reacción
natural contra esa literatura de relumbrón, nació en mí esta
manera sintética y sencilla de pintar la realidad exterior y
traducir estados de ánimo” (2). Jorge
Luis Borges dijo en 1940 que había otra cosa en sus páginas: “Más
verdadera que un manifiesto y más memorable que un ismo: esa
otra cosa era la voz de Fernández Moreno (...). Fernández Moreno
había mirado a su alrededor” (3). Por
su aparente simplicidad temática y expresiva, el estilo de
Baldomero fue catalogado de “sencillismo”. Para muchos, el hecho
de ser sencillo y dueño de una visión simple de lo que lo rodea
jugó en desmedro del valor estético de su obra. Baldomero muchas
veces ha sido tachado de poco profundo por esta característica, sin
embargo estamos ante la presencia de un poeta, ante una mirada, cuyo
don descriptivo es poco común en nuestras letras. Don que se
transfiere al sello que cada poema posee y los hace inconfundibles,
creador de una voz única. Los ejemplos muestran un realismo
sosegado, íntimo, cotidiano. La cuna Hoy no pudimos más, y envueltos Del crepúsculo azul en la penumbra, Nos fuimos por el pueblo lentamente A comprar una cuna. Y compraos de intento la más pobre, Mimbre trenzado a la manera rústica, Cuna de labradores y pastores... Hijo: la vida es dura.
(1926) En este poema, la profundidad del sentimiento para transmitir
al hijo y la simpleza del gesto se unen para conjugar una pintura
posible y tierna, donde la mirada del poeta no pretende ser
efectista, sino que se
muestra real y pura. En el poema “Paz” que aparece en “Campo argentino”
(1941) el poeta logra un clima íntimo que nos incluye a través de
ese silencio que todos conocemos y precede al sueño: “Este es el verdadero silencio apetecido, la penumbra benigna, la suspirada paz. Dime si escuchas, antes de quedarte dormido Otra cosa que el hondo buche de la torcaz. En todo caso el viento en las persianas flojas, El paso cachazudo y sordo del peón. El frote misterioso, trémulo, de dos hojas, El pulso del reloj y tu respiración.” Los materiales poéticos de Baldomero no buscan la
solemnidad; sostienen que la poesía está en todo aquello que nos
rodea, que sólo el poeta percibe, de lo cual
nos quiere concientizar o simplemente regocijar. Cuando la voz infantil en “La torre más alta” preguntaba
a su madre por esa imagen de grandeza que la mirada de niño
descubre en todo lo percibido, hay un intento de conservación del
universo infantil como lugar legítimo de la poesía: “ –La torre, madre, más alta es la torre de aquel pueblo, la torre de aquella iglesia hunde su cruz en el cielo. Dime, madre, ¿hay otra torre Más alta en el mundo entero? -Esa torre sólo es alta, hijo mío, en tu recuerdo. Tu brazo de siete años Alcanzaba sin esfuerzo Una piedra a sus campanas. ¿Te acuerdas, hijo? –Me acuerdo. Pero la torre más alta Del mundo, es la de aquel pueblo”. De Aldea
española, 1925 Desde la conocida “Setenta balcones y ninguna flor” hacia
muchos otros textos del autor existe la problemática de recorrer la
ciudad y mirarla, a pesar de sus ruidos y molestias, con ojos de
poeta: ”Caminando hacia el suburbio con mi rebaño de versos, para todos invisible, para mí ruidoso y crespo, pasó adrede por mi banda casi afeitándome el cuerpo, un automóvil cuchillo. Largo, afilado y estrecho, De cachas negras y azules Y hoja de cristal y acero Que aventó mi pobre hato Y al rabadán dejó lelo (...) Lo que me costó reunirlos, Amigos, es otro cuento, Entre piernas y chicuelas, Y gambas de caballeros. A la sombrita de un sauce Me iré con mis cuatro versos”.
Ciudad, 1936 Según
su hijo, César Fernández Moreno, gran estudioso de la obra de su
padre, se produce en sus versos “Un gradual abandono de los
objetos hacia las representaciones o sensaciones internas provocadas
por las impresiones que llegan desde el exterior” (4). Sus versos redescubren la actitud originaria del
conocimiento: no hay sujeto sin objeto y viceversa; y ambos términos
se constituyen en el acto de conocer. Para cerrar esta breve reseña que no pretende más que
invitar a la lectura, un último poema dedicado a la poesía, da
cuenta del aspecto vital que posee la producción poética:
“Como se alza una linterna Hasta la posible altura Para iluminar la oscura Entrada de una caverna; Así yo, la sempiterna, dulcísima poesía alcé hasta la frente mía al empezar a vivir, y al instante de morir me has de alumbrar todavía.”
(1926) El médico que optó por las letras La
vocación de Baldomero Fernández Moreno siempre estuvo escindida y
vivió así graves conflictos en lo personal y en ambas esferas de
su hacer. Por un lado, la medicina le exigía horas de atención que
la poesía reclamaba con inmenso placer. Esta tensión nunca logró
un equilibrio en su persona: el médico se sentía culpable o el
poeta disconforme. Esta crisis va a tener una solución drástica:
su final en la carrera médica, que el mismo Baldomero narra en su
autobiografía: “Una
mañana feliz, en que a través de los ventanales entreabiertos se
veía un jirón de cielo de un azul tierno y húmedo como recién
salido de los pomos divinos, el jefe de servicio examinaba a una
mujer ya anciana, pero robusta y sin nada en particular, al parecer.
Observábala atentamente, y yo, a su lado, paseaba los ojos por la
faz de la enferma: una cara grande, un poco montuosa, un poco
asombrada, y de un tinte oliváceo. A mí me ocurría lo de siempre:
que miraba al enfermo ahincadamente, pero sólo con el cristal más
externo de los ojos. Los
ojos interiores estaban turbios, ciegos; la ruedita del pensamiento
daba vueltas en otro sentido y esto sin poderlo remediar. Así que
cuando el maestro, después de un silencio, interrogó bruscamente: -
¿Qué le parece este caso? Nuestro
doctor quedó paralizado por la pregunta, no supo qué decir y esperó
el diagnóstico magistral, que no tardó en llegar, bronco y grave,
como si sonara desde el fondo mismo de las edades: -
Lepra. La
escasísima cantidad de médico que quedaba a nuestro personaje se
le cayó a los pies como un harapo descolorido y arrugado. ¡Cómo!
¿Yo, en aquella mañana que ya se revestía de una armadura de sol
y de poderío, con las banderas del aire y del agua, con mi salud y
con mi hijo, y con mis esperanzas sobre todo, estaba ahí, tan próximo
al contagio, a caerme a pedazos, a la reclusión y a la muerte? No
pensé nada más. Me olvidé de la enfermedad, de su sintomatología,
de sus modalidades, de su incubación, de todo. Un escalofrío me
recorrió de arriba abajo el cuerpo y pegué definitivamente un
salto hacia atrás, fuera de la medicina, como quien escapa de una
jaula de fieras”. En
estas apreciaciones, en el uso del lenguaje y la agudeza de la
mirada, podemos percibir la extrañeza que de repente sintió el
poeta por su profesión. Un telón cayó delante de sus narices para
hacerle ver la realidad de su vocación. Entonces optó por
el don con el que había nacido. Baldomero
es y seguirá siendo un grande de nuestras letras, leído por
generaciones enteras, por momentos maltratado por lecturas escolares
que lo redujeron al oscuro y prejuicioso lugar de lo sencillo,
cuando en realidad habría que levantarlo justamente por eso, por
esa mirada tan particular y esa capacidad que nos deleita mirando
sus poemas Al
hueso esfenoides Esfenoides,
huesito misterioso,
calado, aéreo: ¿para
qué quieres tus cuatro alas, inmóviles
en medio del cerebro?
Pajarito, pajarito, llevarás
mi alma al cielo. (B.
F. Moreno, 1922) El
Testut (Fragmento)
El
que tiene un Testut ya no lo suelta más hasta el final de la
carrera; de pie sobre sus cuatro tomos se cree alcanzar muy fácilmente
la fortuna y la gloria. Es que Testut es un libro admirable y
estudiar en él es aprender el orden, la claridad, la precisión tal
vez mejor que en algún engolado texto de retórica. Allí se
apodera uno de la fábrica humana, desde los huesos a la piel, desde
las vísceras torpes hasta la nobilísima delgadez de la neurona.
Cada una de sus láminas es un paisaje mostrado en tantos sentidos
que parece girar alrededor del que lo mira. (F.
B. Moreno, De casa en casa, 1902-1912) Citas 1) “Azul” fue la obra de Rubén Darío que inició
el movimiento modernista 2) Fragmento de un reportaje realizado en “Crisálida”,
nº7, 28 / 12 / 1921 3) Borges, Jorge Luis, “Veinticinco años después de Las
iniciales del misal ” El Hogar, Buenos Aires, 14 de
abril de 1940 4) Fernández Moreno, César, Introducción a Fernández
Moreno. Buenos Aires, Emecé, 1956 Algunas obras de Baldomero Fernández Moreno: Intermedio provinciano (1916) Por el amor y por ella (1918) Versos de Negrita (1920) El hogar en el campo (1923) Aldea española (1924) El hijo (1926) entre otras.
|
|
|
Copyright medicosEscritores © 2003-2004 - Todos los Derechos Reservados - ISSN Nº 00000000000